EN EL TREN SIN RUMBO
Poso mis pasos en los andenes, cada mañana, y me introduzco en un submundo, con su propia realidad. Es un universo paralelo al ruido estruendoso, de las calles abrasivas de Madrid. Sus personajes son los de una obra de teatro, sus papeles están absolutamente definidos por un invisible director. Sus actuaciones aprendidas, hasta la saciedad con el andar de cada mañana; el espectáculo se repite sin cesar. Los actores se esfuerzan en gustar al crítico público de cada mañana: la aburrida oficinista, el gris borracho, el triste yonki, el alegre niño, el pertinaz anciano con sus añales a cuesta, el despistado estudiante… Hay otros actores libres y absortos en otras tareas, ajenos al espectáculo, que le dan una dimensión diferente al viaje de la vida: El amante de la música que se encierra en el mutismo de sus acordes preferidos, y la contraparte el pichi, que insiste en compartir con los que no quieren su mal gusto por la música vulgar. También está el que hace alarde de su amor por el deporte con sus mallas ajustadas, marcando sanamente paquete y bicicleta de montaña. Y estoy yo, que siempre corro porque el tiempo vuela, y siempre tenemos una competición encarnizada sobre quién será hoy el que gane. Sólo me relajo cuando consigo un huequito cómodo, o un asiento mullidito que acune el sonar de los raíles. Esculco entonces las otras miradas curiosas, por el nuevo inquilino de esta morada comunitaria, que me acoge cada día.
martes, 18 de agosto de 2009
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